viernes, 18 de julio de 2014
EL “ERROR”, UN MEDIO PARA ENSEÑAR
El problema
de error en el aprendizaje es seguramente tan antiguo como la enseñanza misma.
Sin embargo, nos encontramos continuamente con el error en la vida diaria, y el
sentido común no deja de repetirnos que sólo dejan de equivocarse los que no
hacen nada…En la mayoría de las actividades que practican los jóvenes, desde el
deporte a los juegos de ordenador, lo consideran como un desafío, objeto de
apasionadas competiciones entre amigos, como una ocasión más de superación. Sin
duda porque sienten que aprenden algo más en cada ocasión en que intentan algo
en lo que equivocarse.
Los errores como “fallos” del aprendizaje
Según esta
representación los errores sólo pueden ser “fallos” de un sistema que no ha funcionado
correctamente, fallos que hay que castigar. Y esto se traduce de muchas maneras
convergentes. La primera es el “síndrome del rotulador rojo”. En el mismo
momento en que se percibe un error, el reflejo casi pavloviano es subrayar,
tachar, materializar la falta en el cuaderno o en el control.
La segunda
percepción, más íntima y penosa, es que los errores de los alumnos hacen que
los profesores duden de sí mismos y que piensen en lo ineficaz de la enseñanza
impartida. Algo se ha resistido a nuestras explicaciones y nuestro deseo de
explicar, incluso a la “esencia” del poder pedagógico. Por tanto, sienten
malestar y despecho cuando los alumnos cometen esos errores, que se habían
tratado de evitar por todos los medios.
Una tercera
percepción es el vértigo que se siente ante la idea de “sumergirse” en la mente
de los alumnos. El saber establecido tiene su aspecto protector: da respuestas,
da seguridad. Sin embargo, entrar en la “jungla” de las explicaciones de los
alumnos, sacar a la luz todo ese “mineral” resistente, da miedo, miedo a
hundirse sin poder salir a flote. Nos preocupa lo que pasaría con la
programación, ya que es difícil conjugar la lógica del saber y la lógica de los
alumnos.
La doble negación del error Se puede comprender que, frente a una situación tan poco
reconfortante, los enseñantes eviten en lo posible cruzarse con el error en su
camino. Cuando a pesar de todo (y a su pesar) se lo encuentran, pueden
reaccionar siguiendo dos actitudes simétricas:
• • Bien con
el castigo, que puede llegar a comprenderse como un reflejo de reafirmación,
frente al abismo que se ha descrito.
• • Bien por
medio del esfuerzo de replanteamiento de la programación, enmascarando quizá
alguna culpabilidad latente.
El error, indicador de procesos
En los
modelos constructivistas los errores no se consideran faltas condenables ni
fallos de programa lamentables: son síntomas interesantes de los obstáculos con
los que se enfrenta el pensamiento de los alumnos. “Vuestros errores me
interesan”, parece pensar el profesor, ya que están en el mismo centro del
proceso de aprendizaje que se quiere conseguir e indican los progresos
conceptuales que deben obtenerse. Laurence Viennot realizó la primera tesis en
Francia en didáctica de la Física que trataba del razonamiento espontáneo de
los estudiantes de enseñanzas medias y universidad sobre el concepto de fuerza.
El error que enmascara el progreso Aprender es arriesgarse a errar. Cuando la escuela olvida este
hecho, el sentido común lo recuerda, diciendo que el único que no se equivoca
es el que no hace nada.
Partiendo de
la falta como un “fallo” del aprendizaje, la consideramos, en algunos casos,
como el testigo de los procesos intelectuales en curso, como la señal de lo que
afronta el pensamiento del alumno durante la resolución de un problema. Llega a
suceder, si lo miramos desde esta perspectiva, que aquello que denominamos
error no lo sea, y que nos esté
ocultando un progreso que se está realizando. Lo saben y lo constatan a veces
los profesores de lengua extranjera, cuando los alumnos más aventajados hablan
y comenten errores que no habían cometido hasta entonces. Puede que se trate de
fallos o de simple cansancio, pero también sucede que sólo son falsas
regresiones. Para evitar los errores, los alumnos se hacen fuertes momentáneamente
en el uso de la sintaxis que dominan, sin arriesgarse a aventurarse por otros
caminos. Y un buen día, de repente, se sienten con fuerzas para intentar
utilizar nuevas estructuras. Seguro que ese día, no teniendo integrados del
todo las sutilezas y los casos particulares, se equivocarán en la construcción
de tal o cual frase. Aun así seguirá siendo una señal de progreso.
Nunca se
acaba de comprender. Todo saber auténtico y vivo comporta su halo de bruma y
sus zonas oscuras, por lo que deberíamos dedicar aquí un verdadero elogio a la
imperfección. Sólo los conocimientos académicos que no sirven y los ejercicios
basados en la aplicación repetitiva parecen escapar de esta regla, pero tienen
poco que ver con el aprendizaje.
Jean Pierre Astolfi
Díada/SEP Biblioteca
para la actualización del Magisterio
México, 2004, pp. 7 -25
jueves, 3 de julio de 2014
APRENDER A EMPRENDER
Para poder a enseñar, tenemos que
estar dispuestos a aprender; justamente el ley
motive de nuestro blog es: “intentando aprender a enseñar”.
Esta debe ser una
actitud continua, no solo en etapas formativas, sino a lo largo de toda la vida
de un educador, por lo tanto hay que “emprender” el camino. Proponemos algunos elementos que nos ayudarán en este sentido.
Por ello te presentamos el libro
“LA CABEZA BIEN PUESTA: BASES PARA UNA REFORMA EDUCATIVA” de Edgar Morín, al
que podes acceder en versión digital puesta a disposición por el Gobierno
provincial de Mendoza, ingresando en
El autor plantea su preocupación
por la necesidad de generar un conocimiento que no esté mutilado ni dividido,
capaz de abarcar la complejidad de lo real, respetando lo singular a la vez que
lo integra en su conjunto. Para él enseñar, implica crear condiciones en las
cuales cada persona reconozca su identidad terrenal, revelando lo humano de la
humanidad y su pertenencia a una comunidad de destino, a una tierra, a su
patria.
Así debemos reformar el
pensamiento para reformar la enseñanza, y reformar la enseñanza para reformar
el pensamiento.
“Para reformar el pensamiento
Morin propone los principios que permitirían seguir la indicación de Pascal:
"Creo que es imposible conocer las partes sin conocer el todo y que es
imposible conocer el todo sin conocer particularmente las partes...". Esos
principios conducen a superar un conocimiento fragmentario que, al tornar
invisibles las alteraciones entre un todo y sus partes, rompe lo complejo y
oculta los problemas esenciales; conducen también a superar un conocimiento
que, al atender sólo a las globalidades, pierde contacto con lo particular, lo
singular y lo concreto. Esos principios conducen a remediar la funesta desunión
entre el pensamiento científico, que disocia los conocimientos y no reflexiona
sobre el destino humano, y el pensamiento humanista, que ignora los aportes de
las ciencias que pueden alimentar sus interrogantes sobre el mundo y la vida.
Por eso es necesaria una reforma del pensamiento que desarrolle nuestra aptitud
para organizar el conocimiento y permita la vinculación de dos culturas
divorciadas. Podrían reaparecer así las grandes finalidades de la enseñanza:
crear cabezas bien puestas más que bien llenas, enseñar la condición humana,
iniciar en la vida, afrontar la incertidumbre, enseñar a transformarse en
ciudadanos.” http://www.casadellibro.com/libro-la-cabeza-bien-puesta-bases-para-una-reforma-educativa/9789506023959/1047673
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