domingo, 30 de marzo de 2014

EL APOYO RESISTENTE

La metáfora “como la hiedra” que Jaim Etcheverry utiliza es muy representativa de lo que considero un pilar imprescindible en el que se debe fundar cualquier intento pedagógico que se precie de tal.
La resumo con las palabras “apoyo resistente”, ya que como la hiedra, para no crecer anárquicamente y terminar reptando a ras del suelo, necesita de una pared, que le brinde apoyo, el que a su vez es resistencia. Al ser resistencia, no es complaciente, pero evita el “deformarse” hasta lo “monstruoso”.
Del mismo modo que un bastón, para poder apoyarnos en el, debe ejercernos resistencia.
Este rol de “apoyo resistente” del educador, es tanto para el docente, como para la familia (o de lo que ella tenga el alumno).
Están a la vista, situaciones que podríamos llamar “monstruosas” en el mundo educativo de hoy, como los siguientes escenarios vandálicos: edificios escolares brutalmente destruidos por los propios alumnos; docentes amenazados, agredidos, alumnos armados, etc., etc. Panoramas inimaginables hace no muchos años.
No hay dudas, que está situación no solo es responsabilidad de la familia y del sistema educativo, sino de la sociedad toda, aunque aquí nos centraremos en los dos primeros.
Digo los dos primeros, pues si bien estamos estudiando a la Pedagogía como ciencia de la Educación, la familia tiene un rol y una responsabilidad importantísima en la problemática que tratamos.
Vale referirse aquí a la cuestión de lo que se denomina Adultescencia, que es esa situación en la que se encuentran muchos adultos (que no maduraron y se quedaron en la adolescencia) que suelen estar relacionados con adolescentes (que también padecen de este síndrome), que en muchos casos asumen roles de mayores que no les corresponden a su edad y a sus responsabilidades propias.
Es notable como se ve a personas adultas, no solo con vestimentas de adolescentes, sino también con conductas propias de ellos, como ir a bailar en idénticas situaciones que sus hijos o con relaciones de parejas inestables, más propias de un adolescente que de un adulto formado y maduro. A contrapelo con ello, niños vestidos como adultos o padres e hijos, que parecen más amigos, que familia.
No hay dudas que la vestimenta en si, no es sustancial, pero muchas veces es signo o muestra de “vínculos familiares simétricos”. La simetría la definimos como “correspondencia exacta en forma, tamaño y posición, de las partes de un todo”. En este contexto el adolescente da cátedra, lo sabe todo y si no lo sabe se siente tan igual y con los mismos derechos y saberes (y también por que no problemas) que el adulto, por lo que nada necesita de él. No le prestará atención, porque nada le dará.
Como ya lo tiene todo “ya no quiere ser grande, ya no necesita ser grande”. Se perdió ese deseo de “ser grande”, de crecer, de aprender en definitiva. Ése era el norte, la motivación, que llevaba a que quisiera educarse y por lo tanto valía la pena el esforzarse y el realizar todo lo que fuera necesario para tal fin.
Pero, la realidad es que ese adolescente, carece de la maduración afectiva indispensable para seguir adelante en ese proceso inevitable que es el crecimiento. Esto lo lleva a la apatía o a una autoexigencia excesiva, que termina traduciéndose en dificultades para sostener compromisos, falta de responsabilidad, que muchas veces concluyen en trastornos de la personalidad. Justamente todo lo contrario hacia donde debe tender la educación: que es que la persona se acerque a la perfección y no que se le trastorne la personalidad.
No hay dudas que este análisis lo debemos realizar en un mundo vertiginoso en exceso, pero aunque no nos guste, ése es el escenario. Escenario que es un continuo devenir, que muy bien graficaba Heáclito hace más de veinte siglos.
Este tema lo aborda Pedro Luís Barcia, en su trabajo “Educación y cambio”, en un interesante análisis, donde plantea que el educador debe actuar “en un” contexto cambiante “para un” contexto cambiante. Es absolutamente válido que “en medio del cambio nos esforcemos por lograr cierta estabilidad, ciertas permanencias” para “consolidar lo fundamental y flexibilizar al máximo la capacidad de aceptación al cambio”, pero creo que es importante no terminar siendo arrastrado, fuera de control, por la vertiginosidad de un mundo, que es como un río descontrolado, fuera de cauce.
Para este autor los contenidos, son menos relevantes que el desarrollo que debe lograr de sus potencias y capacidades el alumno, aunque reconoce que será “a partir de ellos, y por medio de ellos” (de los contenidos) que transcurre “el proceso educativo”.
Por lo tanto habrá que tender hacia un “circulo virtuoso”, que dejará de ser círculo si se le sacan algunas de sus partes; ya sean los contenidos, ya sea el desarrollo de sus potencias. Teniendo en cuenta algunos indicadores de la realidad actual, creo que se han menospreciado los contenidos y habría que volver a insistir en ellos, no por el contenido en si, sino como herramienta indispensable del hecho educativo.
Los jóvenes deben desarrollar sus capacidades, pero resulta inconcebible, que un egresado de nivel medio, no sepa leer en voz alta, o no tenga la menor capacidad de comprensión o de síntesis de un texto y mucho menos de redactar (me refiero a las “redacciones” que hacíamos en la escuela primaria), e incluso a veces desconocer las operaciones básicas de las matemáticas.
Por ello que me resulta atinado transcribir lo siguiente, donde paradójicamente se nos dice que la dificultad facilita y utiliza palabras que pareciera que fueron excluidas del léxico actual, por autoritarias.
La progresividad en la dificultad facilita que el aprendizaje se apoye en los conocimientos previos y en las respuestas a los nuevos interrogantes. Junto a ello, el respeto a los ritmos de aprendizaje, y el análisis de elaboración de la respuesta son referencias constantes. Apostamos por la rigurosidad en el trabajo del alumno frente a la pasividad e incluso holgazanería tolerada por el sistema.[1]
Me viene a la mente, que en la academia de Platón, se enseñaban en primer término disciplinas básicas como matemáticas, astronomía, dialéctica, en una especie de propedéutico, que era obligatorio para quien iba en busca de esas verdades fundamentales y elevadas que ofrecía la Filosofía.
 Tenemos que volver a hablar de hábitos, virtudes, valores, pero no sólo mediante conceptos vacíos, sino sobretodas las cosas predicando con en el ejemplo.
Ejemplo de abnegación y de trabajo, de un docente al que el alumno “creerá”. Este creer, será sinónimo de recuperación de confianza en primer lugar; y a partir de allí “creerá” que vale la pena trabajar y esforzarse, porque también va a “creer” en si mismo.
Recién aquí el docente podrá llevar adelante de manera fecunda, una tarea de verdadera orientación educativa.
La misma, se planteará como una relación de ayuda, que deberá contar con la cooperación de ambas partes, basada en el respeto y la confianza  mutuas (recordemos lo que decíamos sobre el creer) y que deberá ser concebida como un proceso continuo, no limitado solamente a momentos de crisis o circunstancias especiales.
Así, esta orientación tendrá la tarea propia de “optimización de la enseñanza”, previniendo conflictos o problemas de aprendizaje y el probable fracaso escolar; y por último, la función “remedial o correctiva”, que tendrá como finalidad ayudar a los alumnos con dificultades en los estudios o en la adaptación de la vida escolar.
En este clima, el docente podrá dar al alumno las herramientas necesarias, para evitar la manipulación y para adquirir una correcta escala de valores.
El alumno reconocerá la manipulación como tal y lo negativo de los disvalores que le presente la sociedad.
Pero alguno de esos valores, que surgen de la ejemplaridad del docente, los va a palpar, los va a reconocer, los va a aprehender, en forma directa. Luego de esto, podrá sí recibirlos en forma o dentro de los “contenidos” curriculares, pero surgirán de un docente que le hable con una convicción profunda, con vocación, creyendo verdaderamente en lo que hace y en lo que dice.
Entonces, la coherencia tomará una relevancia superlativa. Resulta más que ilustrativo, al decir de Guardini, que el Educador primero educa por lo que es, luego por lo que hace y por último por lo que dice.
Así el educar en valores terminará “facilitándonos las cosas”, ya que no será difícil “inculcar” valores, pues por definición “llamamos valor a aquellos aspectos de la realidad que son capaces de DESPERTAR el INTERÉS VITAL DE UNA PERSONA, ya sea para satisfacer alguna de sus necesidades o para estimularlo a su perfeccionamiento.[2]
Los valores despertarán el interés del alumno (que se traducirá en algo tan simple y básico como “su atención” en la clase, esa regla de oro que resultaba indispensable para que la “Señorita” iniciara su faena) y ya no estará el docente luchando “contra la resistencia” del alumno, sino con su fuerza, con su energía, con sus ganas de crecer (como en el judo).
Paradójicamente, vemos que a lo largo de este trabajo, nombramos muchas palabras a las que el mundo moderno “se resiste”; como esfuerzo, tareas no complacientes, dificultad, rigurosidad en el trabajo, hábitos, virtudes, abnegación, etc. O como lo grafica muy bien Jaim Etcheverry en su trabajo: “como la pared, apoyar ejerciendo una resistencia incómoda, antipática, poco agradable.
Concluyo diciendo, que tenemos que cambiar el paradigma y ser nosotros los que “resistamos” ante este mundo vertiginoso, con el apoyo resistente que toda hiedra necesita para elevarse, “en lugar de reptar a ras del suelo” y “desformarse hasta lo monstruoso”.
Y si por el camino viene la topadora, no nos subiremos a ella, ni nos dejaremos aplastar. Iremos por otro, que quizás no esté, pero que lo haremos nosotros al andar.


Hermano Francisco Berola
Religioso Camilo



[2] Leocata.. “Los Valores”.