lunes, 31 de marzo de 2014
domingo, 30 de marzo de 2014
EL APOYO RESISTENTE
La
metáfora “como la hiedra” que Jaim Etcheverry utiliza es muy representativa de
lo que considero un pilar imprescindible en el que se debe fundar cualquier
intento pedagógico que se precie de tal.
La
resumo con las palabras “apoyo resistente”, ya que como la hiedra, para no
crecer anárquicamente y terminar reptando a ras del suelo, necesita de una
pared, que le brinde apoyo, el que a su vez es resistencia. Al ser resistencia,
no es complaciente, pero evita el “deformarse” hasta lo “monstruoso”.
Del
mismo modo que un bastón, para poder apoyarnos en el, debe ejercernos
resistencia.
Este
rol de “apoyo resistente” del educador, es tanto para el docente, como para la
familia (o de lo que ella tenga el alumno).
Están
a la vista, situaciones que podríamos llamar “monstruosas” en el mundo
educativo de hoy, como los siguientes escenarios vandálicos: edificios escolares
brutalmente destruidos por los propios alumnos; docentes amenazados, agredidos,
alumnos armados, etc., etc. Panoramas inimaginables hace no muchos años.
No hay
dudas, que está situación no solo es responsabilidad de la familia y del
sistema educativo, sino de la sociedad toda, aunque aquí nos centraremos en los
dos primeros.
Digo
los dos primeros, pues si bien estamos estudiando a la Pedagogía como ciencia
de la Educación, la familia tiene un rol y una responsabilidad importantísima
en la problemática que tratamos.
Vale
referirse aquí a la cuestión de lo que se denomina Adultescencia, que es esa
situación en la que se encuentran muchos adultos (que no maduraron y se
quedaron en la adolescencia) que suelen estar relacionados con adolescentes
(que también padecen de este síndrome), que en muchos casos asumen roles de
mayores que no les corresponden a su edad y a sus responsabilidades propias.
Es
notable como se ve a personas adultas, no solo con vestimentas de adolescentes,
sino también con conductas propias de ellos, como ir a bailar en idénticas
situaciones que sus hijos o con relaciones de parejas inestables, más propias
de un adolescente que de un adulto formado y maduro. A contrapelo con ello,
niños vestidos como adultos o padres e hijos, que parecen más amigos, que
familia.
No hay
dudas que la vestimenta en si, no es sustancial, pero muchas veces es signo o
muestra de “vínculos familiares simétricos”. La simetría la definimos como
“correspondencia exacta en forma, tamaño y posición, de las partes de un todo”.
En este contexto el adolescente da cátedra, lo sabe todo y si no lo sabe se
siente tan igual y con los mismos derechos y saberes (y también por que no
problemas) que el adulto, por lo que nada necesita de él. No le prestará
atención, porque nada le dará.
Como
ya lo tiene todo “ya no quiere ser
grande, ya no necesita ser grande”. Se perdió ese deseo de “ser grande”, de
crecer, de aprender en definitiva. Ése era el norte, la motivación, que llevaba
a que quisiera educarse y por lo tanto valía la pena el esforzarse y el
realizar todo lo que fuera necesario para tal fin.
Pero,
la realidad es que ese adolescente, carece de la maduración afectiva indispensable
para seguir adelante en ese proceso inevitable que es el crecimiento. Esto lo
lleva a la apatía o a una autoexigencia excesiva, que termina traduciéndose en
dificultades para sostener compromisos, falta de responsabilidad, que muchas
veces concluyen en trastornos de la personalidad. Justamente todo lo contrario hacia
donde debe tender la educación: que es que la persona se acerque a la perfección
y no que se le trastorne la personalidad.
No hay
dudas que este análisis lo debemos realizar en un mundo vertiginoso en exceso,
pero aunque no nos guste, ése es el escenario. Escenario que es un continuo
devenir, que muy bien graficaba Heáclito hace más de veinte siglos.
Este
tema lo aborda Pedro Luís Barcia, en su trabajo “Educación y cambio”, en un
interesante análisis, donde plantea que el educador debe actuar “en un”
contexto cambiante “para un” contexto cambiante. Es absolutamente válido que “en medio del cambio nos esforcemos por
lograr cierta estabilidad, ciertas permanencias” para “consolidar lo fundamental y flexibilizar al máximo la capacidad de
aceptación al cambio”, pero creo que es importante no terminar siendo
arrastrado, fuera de control, por la vertiginosidad de un mundo, que es como un
río descontrolado, fuera de cauce.
Para
este autor los contenidos, son menos relevantes que el desarrollo que debe
lograr de sus potencias y capacidades el alumno, aunque reconoce que será “a partir de ellos, y por medio de ellos”
(de los contenidos) que transcurre “el
proceso educativo”.
Por lo
tanto habrá que tender hacia un “circulo virtuoso”, que dejará de ser círculo
si se le sacan algunas de sus partes; ya sean los contenidos, ya sea el
desarrollo de sus potencias. Teniendo en
cuenta algunos indicadores de la realidad actual, creo que se han menospreciado
los contenidos y habría que volver a insistir en ellos, no por el contenido
en si, sino como herramienta indispensable del hecho educativo.
Los
jóvenes deben desarrollar sus capacidades, pero resulta inconcebible, que un
egresado de nivel medio, no sepa leer en voz alta, o no tenga la menor
capacidad de comprensión o de síntesis de un texto y mucho menos de redactar
(me refiero a las “redacciones” que hacíamos en la escuela primaria), e incluso
a veces desconocer las operaciones básicas de las matemáticas.
Por
ello que me resulta atinado transcribir lo siguiente, donde paradójicamente se nos
dice que la dificultad facilita y
utiliza palabras que pareciera que fueron excluidas del léxico actual, por
autoritarias.
“La
progresividad en la dificultad facilita que el aprendizaje se apoye en los conocimientos previos y en las
respuestas a los nuevos interrogantes. Junto a ello, el respeto a los ritmos de
aprendizaje, y el análisis de elaboración de la respuesta son referencias
constantes. Apostamos por la rigurosidad
en el trabajo del alumno frente a la pasividad e incluso holgazanería
tolerada por el sistema.”[1]
Me viene a la mente, que en la academia
de Platón, se enseñaban en primer término disciplinas básicas como matemáticas,
astronomía, dialéctica, en una especie de propedéutico, que era obligatorio
para quien iba en busca de esas verdades fundamentales y elevadas que ofrecía
la Filosofía.
Tenemos que volver a hablar de hábitos,
virtudes, valores, pero no sólo mediante conceptos vacíos, sino sobretodas las
cosas predicando con en el ejemplo.
Ejemplo
de abnegación y de trabajo, de un docente al que el alumno “creerá”. Este
creer, será sinónimo de recuperación de confianza en primer lugar; y a partir
de allí “creerá” que vale la pena trabajar y esforzarse, porque también va a
“creer” en si mismo.
Recién
aquí el docente podrá llevar adelante de manera fecunda, una tarea de verdadera
orientación educativa.
La
misma, se planteará como una relación de ayuda, que deberá contar con la
cooperación de ambas partes, basada en el respeto y la confianza mutuas (recordemos lo que decíamos sobre el
creer) y que deberá ser concebida como un proceso continuo, no limitado
solamente a momentos de crisis o circunstancias especiales.
Así,
esta orientación tendrá la tarea propia de “optimización de la enseñanza”,
previniendo conflictos o problemas de aprendizaje y el probable fracaso
escolar; y por último, la función “remedial o correctiva”, que tendrá como
finalidad ayudar a los alumnos con dificultades en los estudios o en la
adaptación de la vida escolar.
En
este clima, el docente podrá dar al alumno las herramientas necesarias, para
evitar la manipulación y para adquirir una correcta escala de valores.
El
alumno reconocerá la manipulación como tal y lo negativo de los disvalores que
le presente la sociedad.
Pero
alguno de esos valores, que surgen de la ejemplaridad del docente, los va a
palpar, los va a reconocer, los va a aprehender, en forma directa. Luego de
esto, podrá sí recibirlos en forma o dentro de los “contenidos” curriculares,
pero surgirán de un docente que le hable con una convicción profunda, con
vocación, creyendo verdaderamente en lo que hace y en lo que dice.
Entonces,
la coherencia tomará una relevancia superlativa. Resulta más que ilustrativo,
al decir de Guardini, que el Educador primero educa por lo que es, luego por lo
que hace y por último por lo que dice.
Así el
educar en valores terminará “facilitándonos las cosas”, ya que no será difícil
“inculcar” valores, pues por definición “llamamos
valor a aquellos aspectos de la
realidad que son capaces de DESPERTAR el
INTERÉS VITAL DE UNA PERSONA, ya sea para satisfacer alguna de sus
necesidades o para estimularlo a su perfeccionamiento.”[2]
Los
valores despertarán el interés del alumno (que se traducirá en algo tan simple
y básico como “su atención” en la clase, esa regla de oro que resultaba
indispensable para que la “Señorita” iniciara su faena) y ya no estará el
docente luchando “contra la resistencia” del alumno, sino con su fuerza, con su
energía, con sus ganas de crecer (como en el judo).
Paradójicamente,
vemos que a lo largo de este trabajo, nombramos muchas palabras a las que el
mundo moderno “se resiste”; como esfuerzo, tareas no complacientes, dificultad,
rigurosidad en el trabajo, hábitos, virtudes, abnegación, etc. O como lo
grafica muy bien Jaim Etcheverry en su trabajo: “como la pared, apoyar ejerciendo una resistencia incómoda, antipática,
poco agradable.”
Concluyo
diciendo, que tenemos que cambiar el paradigma y ser nosotros los que “resistamos”
ante este mundo vertiginoso, con el apoyo resistente que toda hiedra necesita
para elevarse, “en lugar de reptar a ras del suelo” y “desformarse hasta lo monstruoso”.
Y si
por el camino viene la topadora, no nos subiremos a ella, ni nos dejaremos
aplastar. Iremos por otro, que quizás no esté, pero que lo haremos nosotros al
andar.
Hermano Francisco
Berola
Religioso
Camilo
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